En 1980 estalló la guerra civil en El Salvador, debido a la represión que ejercían las dictaduras militares sobre el pueblo salvadoreño. Muchas agrupaciones sociales decidieron tomar las armas para combatir, pero existieron algunos hombres mucho más valientes que combatieron la represión sin armas: decidieron utilizar su intelecto y el peso de su palabra para llamar a la cordura, exigir justicia, respeto a los derechos humanos y el cese de la represión. Dentro de este grupo se encuentran nuestros queridos mártires de la UCA. (Para consultar la biografía de los mártires ver el siguiente link: http://www.uca.edu.sv/martires/new/indice.htm )
Para noviembre de 1989 la guerra se recrudeció, el día once de ese mes la guerrilla lanzó la ofensiva “De tope a tope”. Después de casi diez años de conflicto armado, la guerra se trasladó por primera vez al área metropolitana.
La madrugada del 16 de noviembre (mientras el país aún estaba sumergido en la violencia de la ofensiva hasta el tope), entraron a la UCA alrededor de 50 efectivos militares, (todos del batallón Atlacatl), una vez dentro, simularon enfrenamientos en 3 diferentes lugares, dañando la infraestructura de la Universidad y el Centro Monseñor Romero. Ocho efectivos militares entran hasta la residencia de los Padres. En el jardín de rosas, frente a los dormitorios de los padres, son asesinados los cinco mártires nacionalidad española: Amando López, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno e Ignacio Ellacuría (rector de la universidad en ese momento). El único padre salvadoreño por nacimiento (el Padre Joaquín López y López) se escondió dentro de un armario en su habitación. Los militares obligaron a los padres a tumbarse boca abajo en el suelo, luego los ametrallaron. Cuando el Padre Joaquín López y López dejó de escuchar ruidos, salió de su escondite para ver que había pasado, en ese momento los militares aún se encontraban frente a la residencia y al verlo le disparan en el torso, cayendo muerto al instante. Cuando los militares se dirigían hacia fuera escucharon alguien que lloraba en una habitación contigua a la cocina, tumbaron la puerta para ver que había detrás, encontrando a Elba y Celina (La cocinera y su hija). La orden que habían recibido era “no dejar testigos” por lo cual también las asesinaron.
¿Quiénes eran realmente lo mártires de la UCA?
Jon Sobrino lo resumió en un solo párrafo: “Estos jesuitas fueron seres humanos honrados y cristianos creyentes, convencidos que Jesús ha traído la exigencia y los caminos de la liberación, de liberación total, utópica. Por supuesto eran conocedores del marxismo, de sus importantes aportes para analizar la situación de opresión en el tercer mundo y de sus serias limitaciones; pero no fue en absoluto el marxismo su principal fuente de inspiración académica –Ellacuría era un eminente y creativo discípulo de Zubiri- ni su ideología última para transformar la sociedad ni, mucho menos, lo que inspiró sus vidas personales. Eso lo fue el evangelio de Jesús, y desde él buscaron cómo encontrar los mejores conocimientos científicos, cómo juzgar y usar las diversas ideologías a favor de los pobres.” (Jon Sobrino, 1990)
¿Qué nos dejó la muerte de los padres?
Una de las consecuencias inmediatas fue obligar a la guerrilla y al ejército (en vista de la inmensa presión internacional que atrajo este suceso) a encontrar una salida negociada al conflicto, la cual se logró dos años y dos meses después de la masacre.
En la actualidad (tal como también lo hicieron en vida) nuestros mártires de la UCA mantienen despierta nuestra conciencia y apelan a nuestra compasión humana, nos recuerdan que la iglesia católica debe ser iglesia para los pobres, esto implica no sólo dar palabras de confort para las mayorías populares, no es sólo recordarles que son hijos de Dios; ser iglesia para los pobres implica acompañar a los más necesitados en su sufrimiento, en su dolor, pero sobre todo, implica hacer de ese dolor y ese sufrimiento MÍ DOLOR Y MÍ SUFRIMIENTO, implica además, trabajar por devolver a las mayorías populares la DIGNIDAD de hijos de Dios que se merecen. Pero lo más importante, ser iglesia para los pobres implica trabajar por construir el Reino de Dios AQUÍ EN LA TIERRA.
También nos recuerdan que nuestra iglesia católica nació con un mártir, quien confrontó al poder político y económico de su tiempo, quién además nunca fue imparcial, siempre estuvo parcializado a favor de los más necesitados. Sobre todo, el martirio siempre nos deja –y este caso no es la excepción- un profundo mensaje de fe y de esperanza: la resurrección.
Por todo ello es que aún hoy, veinte años después de su martirio, los seguimos recordando con tanto fervor y devoción. Sin embargo, no basta con celebrar su memoria y recordar su trabajo, debemos tener siempre presente que sus luchas por la justicia y los derechos fundamentales, su compromiso con las mayorías populares y con el evangelio deben ser nuestras luchas y nuestro compromiso.
El lema de este aniversario: “Todos los mártires y todas las víctimas viven hoy y nos llaman a la liberación.”
¿Por qué la voz de nuestros mártires sigue resonando con tanta fuerza aun veinte años después? La respuesta es simple, por que las necesidades del pueblo salvadoreño (y de América latina) que descubrieron y denunciaron siguen siendo las mismas, algunas incluso agravadas. La pobreza, la violencia, la opresión (ahora mucho más sofisticada) de las mayorías populares, a través de modelos económicos que cosifican a los pobres; pero sobre todo, el irrespeto avasallador de los Derechos Fundamentales.
Nuestros mártires exigían cambios sustanciales en una sociedad que antepone el capital a la persona humana, en la cual el que menos tiene vale menos, y el que más tiene, se aprovecha del que vale menos, pero más allá de las exigencias y las denuncias fueron profundamente propositivos, estaban convencidos que la crítica y la destrucción no era suficiente, sino que había que presentar alternativas REALES, estaban tan convencidos que ese cambio era posible que dieron sus vidas por ello. Si existen alternativas posibles, si nos han invitado a luchar por lo que vale la pena en este mundo y a partir de ahí construir un mundo mejor, si los mártires estuvieron dispuestos a dar su vida convencidos de estos ideales ¿Qué hacemos los universitarios con los brazos cruzados?
Recordar a nuestros mártires debe ser algo más que bonitos discursos, deben ser acciones, porque nos invitan a actuar, nos invitan a liberarnos de modelos de pensamiento, de estructuras económicas y de sistemas políticos que actualmente tienen a nuestro mundo en las condiciones que se encuentra. Pero esta invitación no es una apología a la anarquía, es una invitación a trabajar, ser propositivos, a redescubrir esos modelos y sistemas, a retomar lo bueno, a descartar los fracasos y construir un nuevo mundo. Como universitarios, es nuestro deber iluminar el camino de la liberación desde la fe y la justicia para la construcción de un nuevo mundo, la cual no lograremos si nos quedamos con los brazos cruzados.



